Salgo de la gran Tenochtitlán, ciudad de México, tierra
prometida de los aztecas, cuidad posada sobre una laguna que preserva su
adoración por las pirámides, hace siglos levantadas a Huitzilopochtli el dios
de la guerra y de la muerte, y a Tlaloc, dios de la lluvia y la agricultura. Hoy
levantadas en niveles inferiores de la
tierra en una especie de Mictlán, lugar donde viven los muertos para los
aztecas-mexicanos. Pareciera que siguiéramos adorando a los dioses de cada escalón de cada escalera en cada
estación del METRO. Mi columna vertebral va soportando treinta nueve kilogramos
de equipaje haciendo un ritual sagrado. El ascenso y descenso de pirámides
inicia en Cuauhtémoc con dirección Pantitlán, trasbordo en Chapultepec, destino de la peregrinación, terminal aérea.
En el aeropuerto al hacer el check-in la señorita de LAN me advierte de la conveniencia de pagar
todavía más unos cientos de pesos con el fin de envolver de platicos mi mochila, argumentando
que el sleeping que llevaba y que encima era prestado se me iba a desamarrar.
Sugerencia que por supuesto ignore. Mi equipaje era un gran molote súper bien amarrado con un mecate amarillo.
El Popocatepetl e Iztaccihuatl, los dos volcanes que
vigilan la ciudad de los aztecas se
despedían de mi a través de la ventana del avión. Primera escala Lima Perú, y ojo para el que pasa por el aeropuerto Jorge
Chaves de Lima Perú, existe una cadena de tiendas que venden una cantidad de
suvenir cualquiera, en esas tiendas, existen para degustar granos de café
cubiertos de varios tipos de chocolates, se puede coger los que quieras, y si de ultima
el personal te reprimen el deseo
de saciar tu hambre, buscas otra de las tres o cuatro tiendas en el aeropuerto
que están abiertas las veinticuatro horas.
Junto al mar y el desierto de Perú tomo mi segundo vuelo dirección
Santiago de Chile, con más de siete horas de vuelo, cambios de paralelos y de hemisferios
en mi cuerpo, me rehusó a ocupar el asiento del avión hasta que este esté a
punto de despegar. Voy a la parte trasera del avión a charlar con la más guapa de las aeromozas, y aprovecho para sentir la
temperatura del aire que hace esa noche en Lima. Por la puerta trasera del
avión, observo unas tablas de surf siendo rotas no por las olas del mar del Perú,
sino por las llantas del carrito que pasan por encima de ellas y que transporta el equipaje manejado por los
maleteros peruanos que soportan el frio y a carcajadas suben y bajan los
equipajes de un avión a otro.
Despegamos, el anuncio bilingüe de rutina nos
sugiere abrocharnos los cinturones de seguridad debido a que pronto
aterrizaremos en Santiago, para eso faltará unos diez minutos que aprovecho
para seguir durmiendo, empiezo a soñar cuando de repente siento tener la peor pesadilla de mi vida, siento una gran sacudida, grito, me asusto y asusto al señor de a lado, hemos aterrizado. Pienso en mi sleeping amagarrado a mi mochila
y en si los maleteros después de divertirse rompiendo tablas de surf, verían un
defecto en los nudos que lo amarraban y muy
amablemente los habrán corregidos.
Tercer y último avión con destino a Buenos Aires, en
la banda transportadora de equipaje del avión LA 449 a los treinta nueve kilos
de mochila le faltaran unos gramos, los del sleeping.