lunes, 14 de abril de 2014

LAN-sados

Esta crónica la escribo para el Concurso Crónica de Viajes Revista Intemperie 2014, Santiago de Chile. http://www.revistaintemperie.cl/


Salgo de la gran Tenochtitlán, ciudad de México, tierra prometida de los aztecas, cuidad posada sobre una laguna que preserva su adoración por las pirámides, hace siglos levantadas a Huitzilopochtli el dios de la guerra y de la muerte, y a Tlaloc, dios de la lluvia y la agricultura. Hoy  levantadas en niveles inferiores de la tierra en una especie de Mictlán, lugar donde viven los muertos para los aztecas-mexicanos. Pareciera que siguiéramos adorando a los dioses  de cada escalón de cada escalera en cada estación del METRO. Mi columna vertebral va soportando treinta nueve kilogramos de equipaje haciendo un ritual sagrado. El ascenso y descenso de pirámides inicia en Cuauhtémoc con dirección Pantitlán, trasbordo en Chapultepec,  destino de la peregrinación,  terminal aérea.

En el aeropuerto al hacer el check-in la señorita de LAN me advierte de la conveniencia de pagar todavía más unos cientos de pesos con el fin de  envolver de platicos mi mochila, argumentando que el sleeping que llevaba y que encima era prestado se me iba a desamarrar. Sugerencia que por supuesto ignore. Mi equipaje era un gran molote  súper bien amarrado con un mecate amarillo.  

El Popocatepetl e Iztaccihuatl, los dos volcanes que vigilan la ciudad de los aztecas  se despedían de mi a través de la ventana del avión. Primera escala Lima Perú,  y ojo para el que pasa por el aeropuerto Jorge Chaves de Lima Perú, existe una cadena de tiendas que venden una cantidad de suvenir cualquiera, en esas tiendas, existen para degustar granos de café cubiertos de varios tipos de chocolates, se  puede coger los que quieras, y  si de ultima   el personal te reprimen el deseo de saciar tu hambre, buscas otra de las tres o cuatro tiendas en el aeropuerto que están abiertas las veinticuatro horas.  Junto al mar y el desierto de Perú tomo mi segundo vuelo dirección Santiago de Chile, con más de siete horas de vuelo, cambios de paralelos y de hemisferios en mi cuerpo, me rehusó a ocupar el asiento del avión hasta que este esté a punto de despegar. Voy a la parte trasera del avión a charlar con la más guapa  de las aeromozas, y aprovecho para sentir la temperatura del aire que hace esa noche en Lima. Por la puerta trasera del avión, observo unas tablas de surf siendo rotas no por las olas del mar del Perú, sino por las llantas del carrito que pasan por encima de ellas y  que transporta el equipaje manejado por los maleteros peruanos que soportan el frio y a carcajadas suben y bajan los equipajes de un avión a otro.
Despegamos, el anuncio bilingüe de rutina nos sugiere abrocharnos los cinturones de seguridad debido a que pronto aterrizaremos en Santiago, para eso faltará unos diez minutos que aprovecho para seguir durmiendo, empiezo a soñar cuando de repente siento tener  la peor pesadilla de mi vida,  siento una gran sacudida, grito, me asusto y  asusto al señor de a lado, hemos aterrizado.  Pienso en mi sleeping amagarrado a mi mochila y en si los maleteros después de divertirse rompiendo tablas de surf, verían un defecto en los nudos que lo amarraban  y muy amablemente  los habrán corregidos.
Tercer y último avión con destino a Buenos Aires, en la banda transportadora de equipaje del avión LA 449 a los treinta nueve kilos de mochila le faltaran unos gramos, los del sleeping.